Margarita
Un pequeño homenaje literario al trágico suicidio por amor, y quisiera recalcar literario, porque no siento que una muerte deseada sea merecedora de ningún elogio.
Una jovencísima mujer de 24 años, escultora y pintora. Marga Gil Roësset se suicidó por amor, el amor del poeta Juan Ramón Jiménez, de quien le separaban muchos años de edad.
Había amado tanto, y era un amor tan imposible, que el arte no era suficiente para evocarla en el placer del olvido.
Se había enamorado, de una forma tan irracional y pasional, que los sentimientos no sabían de instintos, todo lo borraban, lo cegaban, como un invidente que camina por el borde de un precipicio y por no verlo, no le tiene miedo.
Exacerbada locura, ardiente y vehemente amor no correspondido. ¿No correspondido?.
Si. Mejor, prohibido, inalcanzable. Tan distinto y tan igual del amor Platónico
Era una artista demasiado joven para sufrir, demasiado buena para perder, demasiado sincera para mentir. Su creatividad se plasmaba en sus esculturas y en sus pinturas, en sus tallas, sus dibujos, en el yeso de sus obras, en los colores de sus bocetos, capaz de forjar y de engendrar de la nada figuras vivas, expresivas, dotadas de un realismo trágico, como el final de su vida. Sus manos, amasaban el contorno con efusiva ternura, con entusiasta ilusión y esa complacencia del arte, de los matices de sus retratos, de sus bosquejos le llevó a comportarse con arrebatado ardor, a volcarse en lo que daba sentido a su existencia. ¿Creía ella acaso que sus obras no eran obras de arte? ¿Pensaba que aquello no era más que una ociosidad de una mujer sensible sin talento? ¿Se sentía invadida por la ciencia de la apatía? ¿Qué sentía aquella mujer? ¿Qué pensaba? ¿Acoso no intentó refugiarse en el último estertor de su existir, en sus creaciones, pidiéndoles ayuda? Si, lo hizo, les habló con rabia infinita, con ira, con tal furia les habló, que ellas, avergonzadas y compungidas, callaron, simples argamasas sin alma, bellas, pero inertes, inhumanas, y Marga les pidió perdón por haberlas fabricado, no, ella no fabricaba, ella creaba, las infundía realidad con sus manos, sus eternas horas delante de ellas, moldeando, modelando, raspando, de pie, cincelándolas a golpe de sentimiento y por ello, a golpe de sentimiento las destruyó. Las maté porque eran creaciones mía y yo iba a dejar de vivir.
Toda su última obra, la de una artista enamorada hasta lo más recóndito de su ser, fue destruida, murió, de la misma forma que fue creada, nacida, por las manos del genio que es dueño y hace y deshace, y muestra y enseña y rompe y mata.
Y terminó con lo que había creado. Lo destruyó.
Ella, una artista, se tuvo que enamorar de otro artista, curiosidades de la vida, un artista indiscretamente acoplado en un matrimonio dichoso. Mientras Marga esculpía el busto de Zenobia, esperaba verle llegar, esperaba verle editar un nuevo libro, esperaba verle hablar, y sin embargo un mundo de edad les separaba, pero el amor no tenía fronteras, ella instalada en la sempiterna juventud donde quedó para siempre , JRJ, en la madurez cursi y sosegada, y Zenobia en la amistad, una amistad que Marga nunca quiso traicionar.
Un disparó atronó en el jardín solitario. Y los montes de la sierra lloraron. Un suicidio por amor. ¿Acaso había enloquecido?.
Y dejó un diario y se le entregó a él y una carta para ella, en la que decía :
Creo mucho mejor matarme ya... que sin él no puedo... y con él no puedo
Una jovencísima mujer de 24 años, escultora y pintora. Marga Gil Roësset se suicidó por amor, el amor del poeta Juan Ramón Jiménez, de quien le separaban muchos años de edad.
Había amado tanto, y era un amor tan imposible, que el arte no era suficiente para evocarla en el placer del olvido.
Se había enamorado, de una forma tan irracional y pasional, que los sentimientos no sabían de instintos, todo lo borraban, lo cegaban, como un invidente que camina por el borde de un precipicio y por no verlo, no le tiene miedo.
Exacerbada locura, ardiente y vehemente amor no correspondido. ¿No correspondido?.
Si. Mejor, prohibido, inalcanzable. Tan distinto y tan igual del amor Platónico
Era una artista demasiado joven para sufrir, demasiado buena para perder, demasiado sincera para mentir. Su creatividad se plasmaba en sus esculturas y en sus pinturas, en sus tallas, sus dibujos, en el yeso de sus obras, en los colores de sus bocetos, capaz de forjar y de engendrar de la nada figuras vivas, expresivas, dotadas de un realismo trágico, como el final de su vida. Sus manos, amasaban el contorno con efusiva ternura, con entusiasta ilusión y esa complacencia del arte, de los matices de sus retratos, de sus bosquejos le llevó a comportarse con arrebatado ardor, a volcarse en lo que daba sentido a su existencia. ¿Creía ella acaso que sus obras no eran obras de arte? ¿Pensaba que aquello no era más que una ociosidad de una mujer sensible sin talento? ¿Se sentía invadida por la ciencia de la apatía? ¿Qué sentía aquella mujer? ¿Qué pensaba? ¿Acoso no intentó refugiarse en el último estertor de su existir, en sus creaciones, pidiéndoles ayuda? Si, lo hizo, les habló con rabia infinita, con ira, con tal furia les habló, que ellas, avergonzadas y compungidas, callaron, simples argamasas sin alma, bellas, pero inertes, inhumanas, y Marga les pidió perdón por haberlas fabricado, no, ella no fabricaba, ella creaba, las infundía realidad con sus manos, sus eternas horas delante de ellas, moldeando, modelando, raspando, de pie, cincelándolas a golpe de sentimiento y por ello, a golpe de sentimiento las destruyó. Las maté porque eran creaciones mía y yo iba a dejar de vivir.
Toda su última obra, la de una artista enamorada hasta lo más recóndito de su ser, fue destruida, murió, de la misma forma que fue creada, nacida, por las manos del genio que es dueño y hace y deshace, y muestra y enseña y rompe y mata.
Y terminó con lo que había creado. Lo destruyó.
Ella, una artista, se tuvo que enamorar de otro artista, curiosidades de la vida, un artista indiscretamente acoplado en un matrimonio dichoso. Mientras Marga esculpía el busto de Zenobia, esperaba verle llegar, esperaba verle editar un nuevo libro, esperaba verle hablar, y sin embargo un mundo de edad les separaba, pero el amor no tenía fronteras, ella instalada en la sempiterna juventud donde quedó para siempre , JRJ, en la madurez cursi y sosegada, y Zenobia en la amistad, una amistad que Marga nunca quiso traicionar.
Un disparó atronó en el jardín solitario. Y los montes de la sierra lloraron. Un suicidio por amor. ¿Acaso había enloquecido?.
Y dejó un diario y se le entregó a él y una carta para ella, en la que decía :
Creo mucho mejor matarme ya... que sin él no puedo... y con él no puedo
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Mexi -
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